Hay una pregunta que vuelve cada vez que vemos una película de George A. Romero: ¿qué haríamos nosotros cuando los muertos empezaran a caminar? La respuesta fácil sería buscar comida, cerrar la puerta y no hacer ruido. Su cine complica enseguida ese plan. Dentro del refugio también entran el orgullo, las diferencias de clase y las ganas de mandar.
En Todo De Zombie amamos esa mezcla. Podemos disfrutar del maquillaje, de una horda que avanza sin prisa y de un buen estallido de humor negro. Y, al mismo tiempo, descubrir que la película nos está poniendo un espejo delante. No hace falta elegir entre pasarlo bien con los zombis y pensar en lo que cuentan.
Nos han entrado ganas de volver a nuestro querido maestro Romero. Pero para entender por qué sigue tan vivo conviene escucharlo a él y mirar sus películas sin reducirlas a una sola moraleja. Este recorrido no revela sus finales.
El desastre empieza fuera, pero el conflicto se instala dentro
En La noche de los muertos vivientes, el refugio parece una solución evidente. Lo difícil es convertir a varias personas asustadas en un grupo capaz de cooperar. Romero encuentra ahí un motor que después recorrerá su cine: podemos reconocer una amenaza común y aun así seguir defendiendo nuestra pequeña parcela de poder.
El director explicaba que le interesaba precisamente esa contradicción. Algo extraordinario ocurre ahí fuera, mientras los personajes siguen atrapados en sus asuntos particulares. Para nosotros, ese es uno de los motivos por los que sus películas no necesitan tecnología actual para resultar cercanas. Cambian las pantallas; la dificultad para escucharnos permanece.
También merece la pena separar intención y lectura. La presencia de Duane Jones como Ben tiene un peso enorme en la historia del terror y en la mirada sobre la sociedad estadounidense. Sin embargo, Romero contó que el personaje no se había escrito inicialmente como un hombre negro y que, al elegir a Jones, mantuvieron el guion. Reconocía que el reparto dio a la película una dimensión política distinta. El contexto importa, pero no todo nació de un programa calculado de antemano.
El centro comercial ofrece mucho más que comida
Dawn of the Dead, conocida también como Zombi, nos ofrece una fantasía irresistible para cualquier superviviente: un lugar lleno de provisiones y comodidades. Su fuerza está en hacernos sentir esa tentación antes de preguntarnos cuánto tiene de trampa.
Romero contó que la idea surgió al visitar un centro comercial todavía sin inaugurar y ver llegar todo lo que uno podía desear. Esa abundancia servía para construir aventura y sátira en el mismo espacio. El escaparate promete seguridad, pero también invita a confundir vivir con poseer.
Algunos análisis amplían la habitual crítica a las compras: la película también habla de exclusión y de quién puede disfrutar de esa abundancia. No se trata simplemente de reírnos de unos consumidores distraídos. La pregunta incómoda es quién se queda dentro, quién permanece fuera y por qué cuesta tanto renunciar a algo cuando ya lo sentimos nuestro.
Y todo eso sucede entre persecuciones, sangre y momentos de comedia. Nos gusta que Romero no convierta el centro comercial en una pizarra. Primero nos mete en el juego y luego deja que reconozcamos nuestras propias contradicciones.
Mandar no es lo mismo que saber convivir
El día de los muertos cambia los escaparates por un encierro donde chocan distintas formas de entender la supervivencia. La disciplina, la investigación y el miedo comparten espacio, pero hablar no significa entenderse.
El propio Romero describió esa película como una olla a presión y relacionó su conflicto con la ruptura de la comunicación. Esa imagen ayuda a verla más allá de sus inolvidables efectos físicos: cuanto más cerrado está el refugio, más difícil resulta escapar de las tensiones humanas.
En La tierra de los muertos vivientes, la mirada se abre a una sociedad organizada después de la catástrofe. El apocalipsis no ha borrado las jerarquías. La comodidad y la protección siguen repartiéndose de forma desigual. Nuestra lectura es que Romero nos plantea una prueba especialmente dura: si reconstruimos el mundo conservando sus viejas exclusiones, ¿cuánto hemos aprendido realmente?
Filmar el apocalipsis también es tomar decisiones
El interés de Romero por nuestro comportamiento no se quedó en la casa o en el centro comercial. En El diario de los muertos entra en juego otra inquietud: cómo se registra una crisis y quién decide qué imágenes vemos.
Al hablar de la película, Romero la relacionó con el periodismo ciudadano. Desde ahí podemos plantearnos preguntas que hoy sentimos muy cerca: ¿grabar ayuda a comprender?, ¿qué dejamos fuera del encuadre?, ¿cuándo mirar sustituye a intervenir? Es nuestra manera de prolongar esa conversación, no una predicción tecnológica que debamos atribuirle.
La resistencia de los muertos explora otra combinación, acercando el universo zombi al western y a los enfrentamientos entre comunidades. Nos interesa esa voluntad de probar caminos. Las seis películas no tienen por qué cumplir la misma función: podemos recorrerlas como variaciones sobre lo que arrastramos con nosotros cuando todo lo demás cambia.
El zombi también merece nuestra mirada
Hay otro detalle que nos encanta de Romero: sus muertos no son siempre una masa intercambiable. La ropa, los gestos y los rastros de costumbres anteriores permiten intuir a la persona que estuvo ahí. Lo familiar vuelve inquietante al monstruo.
El cineasta defendía que la experiencia emocional de la película dejaba al espectador espacio para interpretar. También se ha señalado la extraña mezcla de rechazo y simpatía que podían despertar los zombis. Esa ambivalencia nos parece más fértil que una división cómoda entre humanos buenos y criaturas que solo estorban.
La sangre, el humor y la emoción no distraen de la conversación social. Son parte de ella. Y tampoco necesitamos descifrar cada plano para disfrutar del viaje.
Volver a Romero sin encerrar al género
Esa sátira ha encontrado continuidad en propuestas tan distintas como Shaun of the Dead, Fido o Juan de los muertos. Esa diversidad nos parece una buena noticia. El legado de nuestro querido maestro Romero no obliga a todos los zombis a contar lo mismo ni a todas las películas a parecerse.
Para volver a su cine, proponemos un pequeño juego: fijarnos en el espacio que promete seguridad, en quién establece las reglas y en qué hábitos se resisten a morir. Una casa, un centro comercial o una ciudad protegida pueden parecer refugios muy distintos. La convivencia acaba poniéndolos a prueba.
En Todo De Zombie seguimos volviendo a Romero por todo lo que nos hace sentir. Por la artesanía, las hordas y la imaginación. Y porque, cuando los muertos llaman a la puerta, todavía tiene preguntas para los que estamos dentro. ¿Qué película de su saga te ha hecho mirar de otra manera a los vivos?


