Veintiocho años después del primer brote, un puñado de supervivientes se ha aferrado a una isla azotada por el viento donde el virus de la rabia parece dormido
. Ese frágil refugio se quiebra cuando una mensajera decide regresar al continente para rastrear un rumor de cura; su travesía abre una ruta peligrosa entre rascacielos tapiados, pantanos rojos de óxido y colonias de infectados que ya no responden a las reglas conocidas.
Las reseñas destacan cómo Danny Boyle vuelve a filmar el caos con cámaras inquietas y texturas granuladas: la primera mitad es un viaje de pura tensión en el que los callejones vacíos vibran como cuerdas de un violín y cada corte drena la sangre del espectador. Pero los comentarios también señalan un viraje inesperado: pasada la misión inicial, la narrativa se decanta por un drama más íntimo que contrasta el horror corporal con dilemas morales entre los propios supervivientes. Sin adelantar giros, la película pivota entre esas dos pulsaciones —la ferocidad del virus y la terquedad de lo humano— para entregar una secuela que explora qué queda de la civilización cuando la esperanza es la última infección.