Noche de Halloween. Un grupo de universitarios alquila una carreta de heno para adentrarse en el bosque y celebrar la noche por su cuenta. Al mismo tiempo, un granjero arranca un viejo tocón con su tractor y libera lo que llevaba sellado bajo tierra: un ataúd con un muerto que no piensa seguir siéndolo. El cadáver despierta con hambre de carne, y cada mordisco suma un nuevo zombi a la procesión que avanza hacia los jóvenes. Acorralados en una granja abandonada, a los supervivientes solo les queda tapiar puertas y ventanas y esperar a que amanezca.
Bill Hinzman, el zombi del cementerio de «La noche de los muertos vivientes», debutó como director con este homenaje declarado a la película de Romero, rodado en 16 mm en la Pensilvania rural con gore artesanal y un desenlace tan cínico como el de su modelo. El tiempo la ha convertido en pieza de culto del cine zombi de serie B, con restauración 4K de Vinegar Syndrome incluida, aunque la crítica especializada nunca fue amable: Peter Dendle la despachó como «mayormente un desperdicio de un buen granero» en The Zombie Movie Encyclopedia (reseña recogida en Wikipedia).