En el Brooklyn nocturno que sólo duerme cuando se apagan las bolas de espejos, la sala Inferno Palace vibra con un show de drag queens y club kids que viven de la rivalidad bien afilada y de la familia elegida
. El focus puller gira cuando una ambulancia aparca a las puertas del club con la primera víctima de un brote misterioso: en cuestión de minutos el backstage lleno de lentejuelas se convierte en un pasillo de sangre fluorescente y los zombis —adictos al móvil, torpes pero veloces en masa— irrumpen en la pasarela.
A partir de ahí, Tina Romero arma un survival color neón donde cada número de lipsync, cada chiste venenoso y cada truco de maquillaje se reciclan como armas improvisadas. La película abraza el camp con ferocidad, combina planos nerviosos con una banda sonora juguetona y deja que los mismos conflictos internos del elenco (celos, romances, egos creativos) marquen el ritmo de la defensa. Sin destripar los giros, la sinopsis queda clara: para salir del club con vida tendrán que convertir el arte drag en estrategia militar y descubrir si la hermandad que presumen en el escenario aguanta cuando los muertos vivientes pisan la pasarela.